Un cuentito…

Siguiendo con las notas de La Nación via digital, me voy a tomar el atrevimiento de postearles un artículo que salio en el mes de enero y que me gustó mucho ya que me ha pasado ciertas veces y uno se queda pensando “pucha! que es cierto!” y sinceramente espero que no sea cosa cotidiana. Esto va dedicado a todos los ñoños ciberneticos que puedan leerlo y se den cuenta que en el mundo exterior hay una realidad real con aire puro que nos espera.

Y dice asi:

“El domingo 15, la lluvia pudo más que los techos de mi casa y comprobé -de la peor manera- lo que una gotera con mucha puntería puede hacerle a una instalación eléctrica. Mientras tuvimos una lluvia normal, todo estuvo bien. En cuanto llovió más fuerte, nos quedamos sin luz: las gotas cayeron justo sobre la lámpara del comedor, saltó el disyuntor y adiós vida en el siglo XXI.

Todo se apagó a la hora de la siesta. Las lámparas de techo, las de pie, los veladores. La heladera. Las computadoras. La radio de la cocina. El radiorreloj del dormitorio. El equipo de música. El televisor. El DVD. El aire acondicionado. El ventilador de techo. El lavarropas. El teléfono inalámbrico. El timbre.

Destornillador en mano, más que nada para llevar algo y no sentirme tan inútil, recorrí la casa buscando la fuente de los problemas, a la vez que mi mente trabajaba en paralelo sobre dos cosas.

La primera, el silencio extraño que tiene mi casa sin electricidad. No es igual al que tiene a la madrugada, cuando todo está, en teoría, apagado. En la práctica, la heladera y mil y un transformadores zumban, fusionados en un trasfondo sonoro con el de la ciudad a mi alrededor. Es como el suspiro de los ventiladores de las computadoras, que nuestro cerebro anula para no aturdirnos, pero que se hace muy notorio, paradójicamente, cuando apagamos el equipo.

La segunda, cuál sería mi plan de contingencia si el apagón doméstico se alargaba. La preocupación principal era el freezer, aunque sabía que sin abrirlo conserva el frío por diez o doce horas sin problemas. No hacía calor, así que el aire y el ventilador no eran prioritarios. Pero, ¿y el resto? El e-mail, la televisión, una batalla inconclusa en la PC, los MP3…

Desarmé algún interruptor, me subí con la escalera a mirar las lámparas y no encontré al culpable. Hablé con mi electricista de confianza: no éramos los únicos en problemas, así que nuestro turno llegaría a la noche.

Entre las alternativas para mantener nuestra vida con el ritmo usual estaba apelar al celular para revisar el correo, la palmtop para los juegos o mudarnos a un bar con conectividad WiFi.

Una vez allí, navegar, chatear, pedir prestado un enchufe para cargar la batería de la notebook, pasar por el video y alquilar un DVD para verlo en casa con la portátil; configurar el celular para que la pantalla no se oscureciera tan rápido y permitiera usarlo de modesta linterna de emergencia, y cuestiones por estilo.

Al final, optamos por la que resultó ser la mejor alternativa para esperar la acción salvadora del electricista: disfrutar una tarde lluviosa de un domingo de verano leyendo hasta el anochecer, tomando mate, charlando, desconectados.”

Escrito por Ricardo Sametband del Diario La Nación

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